Los ataques a infraestructuras en el Golfo exponen la vulnerabilidad de las rutas marítimas y obligan a las naciones a elegir entre la dependencia de hidrocarburos o la soberanía de las renovables.
Con el Estrecho de Ormuz bajo fuego, la seguridad energética dejó de ser una cuestión de reservas para convertirse en una cuestión de ingeniería doméstica.
El choque actual ha creado una nueva línea divisoria global.
Por un lado, países como China y Brasil, que invirtieron en electrificación y biocombustibles, demuestran resiliencia estratégica.