
El inicio del juicio contra Marius Borg Høiby en Noruega este martes no es solo un evento de la prensa rosa; es una autopsia de la legitimidad monárquica en el siglo XXI. Al declararse inocente de 38 cargos, que incluyen violación y violencia doméstica, el hijo de la princesa heredera pone a prueba la famosa “igualdad nórdica”.
Este caso expone una falla sistémica global: la persistencia de una élite que, protegida por linajes, cree habitar por encima de la ley humanista. En un mundo que exige justicia para las víctimas de violencia de género desde México hasta España, que este horror emane de los palacios de Oslo es una bofetada a la civilización.
Perspectivas Editoriais
La monarquía de Noruega, que se vendía como la más “humana” y cercana, hoy se desmorona bajo el peso de la impunidad doméstica. La caída del apoyo popular es el síntoma de un planeta agotado de anacronismos.
Si la justicia de Noruega titubea ante el “hijo de la futura reina”, enviará un mensaje de desesperanza a cada mujer que lucha contra la opressión sistémica. No se trata de un drama familiar; es la lucha entre el derecho medieval del privilegio y el derecho moderno de la rendición de cuentas. El silencio de la Casa Real no es neutralidad; es la protección burocrática de un sistema que se niega a morir.





